Petro entra en la batalla electoral mientras Paloma Valencia y Oviedo desatan una nueva tormenta política en Colombia
La campaña presidencial colombiana comenzó a transformarse esta semana en un enfrentamiento mucho más profundo que una simple disputa entre candidatos. Lo que está en juego ahora no es únicamente el poder político, sino la interpretación misma del pasado reciente del país: los falsos positivos, la paz total, el modelo económico, el rol del Estado y el significado de la democracia en una nación aún marcada por décadas de violencia.
En medio de ese escenario, el presidente Gustavo Petro decidió intervenir directamente en el debate público para responder a los ataques de la senadora Paloma Valencia y de quien hoy aparece como una de las figuras más controvertidas de la campaña: Juan Daniel Oviedo.
La discusión rápidamente dejó de centrarse en propuestas concretas y derivó hacia un conflicto moral y simbólico sobre el legado del uribismo y el rumbo que debería tomar Colombia en los próximos años.
Petro acusó a Valencia de representar una continuidad política ligada a los sectores más duros de la derecha colombiana, mientras que la senadora respondió denunciando supuestas tendencias “autoritarias” del actual gobierno.
Sin embargo, el momento que terminó incendiando el debate nacional no vino directamente de Petro ni de Paloma Valencia. Llegó a través de una frase pronunciada por Juan Daniel Oviedo.
Durante una intervención pública, Oviedo afirmó que el centro político no podía aislarse del uribismo “por las dudas de los falsos positivos”. La expresión cayó como una bomba en el país.
Para miles de familias colombianas, especialmente las madres de Soacha, no existe ninguna “duda” alrededor de los falsos positivos. Las investigaciones judiciales, las condenas militares y los informes internacionales han documentado durante años el asesinato de civiles inocentes presentados como bajas en combate durante la política de seguridad democrática.
La respuesta de las madres de Soacha fue inmediata y devastadora.
“Nuestros hijos no son una duda”, escribieron en un mensaje dirigido a Oviedo. “El Estado los asesinó”.
El episodio volvió a abrir una de las heridas más profundas de la historia reciente colombiana. También dejó expuesta la enorme fragilidad de la narrativa política que intenta presentar una alianza entre sectores de derecha tradicional y figuras autodenominadas “de centro”.
La contradicción ideológica entre Valencia y Oviedo empezó entonces a ocupar el centro de la discusión pública.
Mientras Paloma Valencia mantiene posiciones conservadoras en temas como la adopción por parte de parejas del mismo sexo, Oviedo ha expresado públicamente posiciones mucho más cercanas al liberalismo social contemporáneo.
Esa tensión interna comenzó a ser utilizada por el petrismo como prueba de que la supuesta coalición “moderada” es, en realidad, una construcción electoral basada más en marketing político que en coincidencias programáticas reales.
Petro aprovechó el momento para reforzar su defensa de la reforma pensional y de los programas sociales dirigidos a adultos mayores.
El presidente insistió en que su administración transformó subsidios limitados en una cobertura mucho más amplia para personas de la tercera edad excluidas históricamente del sistema pensional colombiano.
La discusión alrededor de las pensiones se convirtió en uno de los campos de batalla más intensos de la semana.
Valencia acusó al gobierno de querer apropiarse de los ahorros privados de los trabajadores colombianos. Petro respondió señalando que la reforma busca precisamente ampliar el acceso a ingresos básicos para millones de adultos mayores que jamás lograron pensionarse.
Pero detrás de la discusión técnica apareció nuevamente el choque ideológico.
Valencia defendió una reducción drástica del tamaño del Estado, incluyendo el cierre de ministerios y embajadas. Sus críticos respondieron argumentando que semejante recorte implicaría despidos masivos y debilitamiento institucional.
El petrismo presentó esas propuestas como un retorno a políticas neoliberales de austeridad extrema.
La senadora también cuestionó la gestión económica del gobierno y aseguró que el aumento del salario mínimo no constituye un logro presidencial, sino una carga para el sector productivo.
Desde el oficialismo respondieron que sin regulación estatal muchos trabajadores quedarían expuestos a condiciones de explotación y salarios precarios.
La confrontación alcanzó además un tono profundamente emocional cuando Valencia volvió a reivindicar el respaldo irrestricto a la fuerza pública y llamó a los colombianos a “volver a saludar a los soldados con el pulgar arriba”.
Para sectores conservadores, ese mensaje representa apoyo patriótico a militares y policías.
Para amplios sectores progresistas, en cambio, revive símbolos asociados a los años más duros del conflicto armado.
Petro utilizó precisamente esa memoria histórica para lanzar uno de sus ataques más fuertes.
El presidente afirmó que su gobierno busca “salvar vidas” mientras que sectores del pasado privilegiaban resultados militares medidos en cadáveres.
La referencia a los falsos positivos fue directa.
En paralelo, el debate sobre la llamada “paz total” volvió a dividir al país.
Valencia prometió desmontar buena parte de esa estrategia si llega al poder, argumentando que el gobierno ha sido permisivo con organizaciones criminales.
Petro respondió que negociar con actores armados ha permitido reducir muertes violentas en varias regiones del país y sostuvo que regresar a políticas exclusivamente militares significaría repetir errores del pasado.
El choque entre ambas visiones revela dos proyectos radicalmente distintos de Estado.
Uno apuesta por fortalecer negociación, inversión social y ampliación de derechos.
El otro propone endurecimiento de seguridad, reducción institucional y control fiscal.
Sin embargo, la polémica más explosiva apareció hacia el final del debate político semanal, cuando comenzaron a circular nuevamente antiguas revelaciones del periodista Daniel Coronell sobre Juan Daniel Oviedo y su relación con proyectos legislativos impulsados durante la era uribista.
Según esas denuncias, cuando Oviedo trabajaba en la Unidad de Trabajo Legislativo de María del Rosario Guerra, habría participado en iniciativas que buscaban afectar la continuidad del noticiero Noticias Uno.
El caso volvió a alimentar acusaciones de censura indirecta contra sectores políticos ligados al uribismo.
La controversia no terminó ahí.
En redes sociales y medios alternativos comenzaron además a circular preguntas sobre el financiamiento de la campaña de Paloma Valencia y los costos de su despliegue publicitario nacional.
Hasta ahora no existen decisiones judiciales ni investigaciones concluyentes sobre irregularidades. Pero el debate político ya quedó instalado.
En Colombia, donde la desconfianza hacia las élites políticas sigue siendo enorme, cualquier señal de cercanía entre poder económico y campañas electorales adquiere rápidamente dimensiones explosivas.
Mientras tanto, la narrativa de “centro político” defendida por Oviedo parece enfrentar crecientes dificultades.
Cada nueva declaración profundiza las dudas sobre la coherencia ideológica de una alianza que intenta combinar conservadurismo tradicional, liberalismo moderado y rechazo simultáneo tanto al petrismo como a los extremos de derecha.
El problema para esa estrategia es que Colombia atraviesa un momento histórico donde las posiciones ambiguas resultan cada vez más difíciles de sostener.
La polarización no desapareció. Se volvió estructural.
Y precisamente por eso la discusión ya no gira solamente alrededor de candidatos, sino alrededor de memorias, heridas y modelos de país profundamente incompatibles.
Petro apuesta a convertir la campaña en un plebiscito sobre el pasado del uribismo.
Valencia intenta convertirla en un juicio sobre la gestión económica y la seguridad bajo el actual gobierno.
Oviedo busca posicionarse como puente entre sectores enfrentados.
Pero en un país donde aún existen familias buscando justicia por ejecuciones extrajudiciales, regiones dominadas por grupos armados y millones de ciudadanos atrapados entre desigualdad y desconfianza institucional, la idea de construir consensos rápidos parece mucho más compleja de lo que sugieren los discursos de campaña.
La batalla presidencial apenas comienza.
Y Colombia vuelve a encontrarse frente a una pregunta que la persigue desde hace décadas: si el futuro puede construirse sin resolver completamente las disputas del pasado.