La camarera y el altar vacío – movie7

La música de violines flotaba en el aire del exclusivo jardín de eventos, impregnando el ambiente de un romanticismo perfecto. Flores blancas de importación decoraban cada rincón, y los doscientos invitados esperaban ansiosos la llegada de la novia. Todo el mundo coincidía en algo: Natalia se veía espectacular. Su vestido, una pieza de alta costura diseñada en exclusiva para ella, brillaba bajo la luz de la tarde.

Sin embargo, detrás de la hermosa fachada de encaje y seda, el ambiente en la suite de la novia era de todo menos idílico.

— ¡Te dije que no tocaras nada con esas manos grasientas! —gritó Natalia, apartándose bruscamente.

El blanco inmaculado de su falda estuvo a milímetros de rozar el plato de bocadillos que una de las camareras del catering intentaba acomodar en la mesa. La empleada, una mujer mayor de cabello canoso y manos gastadas por el trabajo, dio un paso atrás, asustada por el tono de voz de la joven.

— Lo siento mucho, señorita… Solo quería dejar los aperitivos antes de que entraran las damas de honor —disculpó la mujer, con la voz temblorosa y la mirada gacha.

Natalia no se compadeció. Con una mirada llena de desprecio, se sacudió el vestido como si la sola cercanía de la trabajadora lo hubiera contaminado.

“¡Idiota! ¿Qué haces? ¡Casi arruinas mi vestido!” —exclamó Natalia, con los ojos inyectados en furia—. ¿Tienes idea de cuánto cuesta esto? Podrías trabajar diez años en este lugar y ni siquiera te alcanzaría para pagar una manga. ¡Lárgate de mi vista antes de que haga que te despidan!

La mujer asintió en silencio, con los ojos humedecidos por la humillación. Agarró su bandeja con fuerza y caminó rápidamente hacia la salida, con la cabeza baja. Al abrir la puerta para retirarse, chocó de frente con Mateo, el novio.

Mateo estaba impecable en su esmoquin negro, pero su rostro no reflejaba la alegría típica de un hombre a punto de casarse. Estaba pálido. Miró a la camarera que salía casi corriendo y luego miró a Natalia, quien aún respiraba agitada por la rabieta.

— ¿Qué pasó aquí? —preguntó Mateo, con una calma sospechosa en la voz.

— ¡Ay, mi amor, no te imaginas! —dijo Natalia, cambiando instantáneamente su tono a uno dulce y mimado—. Una de las empleadas del servicio casi me arruina el vestido con su torpeza. Menos mal que la puse en su lugar. Esta gente no tiene cuidado con nada. Son unos ignorantes.

Mateo no se movió. Se quedó de pie junto a la puerta, mirando a Natalia como si estuviera viendo a una completa desconocida. El silencio en la habitación se volvió denso, pesado, casi asfixiante.

— ¿”Esta gente”? —repitió Mateo, con un hilo de voz que cortaba como el hielo.

— Sí, ya sabes, los sirvientes —respondió Natalia, restándole importancia mientras se retocaba el lápiz labial frente al espejo—. En fin, no dejes que eso arruine nuestro día. ¿Estás listo? Ya es hora de ir al altar.

Mateo caminó lentamente hacia ella. No había amor en sus ojos, solo una profunda decepción que se había transformado en una fría determinación. Se detuvo a un metro de distancia.

— Tienes razón, Natalia. Es hora de ir al altar… pero no contigo —dijo Mateo firmemente.

Natalia soltó un bufido y soltó una carcajada nerviosa, pensando que era una broma de mal gusto.

— ¿De qué hablas, Mateo? No juegues con eso, los invitados están esperando.

Mateo se dio la vuelta, abrió la puerta de la suite y llamó a alguien que estaba en el pasillo. Un segundo después, la misma camarera mayor a la que Natalia había insultado minutos antes entró en la habitación. Tenía lágrimas en las mejillas, pero al ver a Mateo, intentó sonreír para tranquilizarlo.

Mateo caminó hacia la mujer, tomó sus manos gastadas con una ternura infinita y luego miró fijamente a su prometida.

“Ella es mi madre. La boda terminó” —sentenció Mateo, con una voz que no tembló ni un segundo.

El labial de Natalia cayó al suelo, rodando hasta perderse bajo un mueble. El color desapareció de su rostro en un instante. El silencio que se apoderó de la habitación fue ensordecedor.

— ¿Tu… tu madre? —tartamudeó Natalia, sintiendo cómo el suelo se abría bajo sus pies—. Pero… tú dijiste que tu madre no vendría porque estaba trabajando… Tú dijiste que era una mujer sencilla…

— Sí, es una mujer sencilla y muy trabajadora. Es la mujer que limpió pisos y cocinó para pagar mi carrera universitaria —explicó Mateo, abrazando a su madre por los hombros—. Ella no quería venir como invitada porque le avergonzaba no tener ropa elegante para tus estándares. Así que me pidió conseguirle un puesto en el catering solo para poder verme casar desde lejos, sin molestar a nadie. Y yo se lo permití porque pensé que tú eras la mujer de mi vida y que, tarde o temprano, la conocerías y la amarías tanto como yo.

Las lágrimas de soberbia de Natalia se transformaron en lágrimas de pánico absoluto. Intentó acercarse a Mateo, extendiendo las manos, pero él dio un paso atrás, protegiendo a su madre.

— Mateo, por favor… no sabía… te juro que no sabía quién era —suplicó Natalia, con la voz quebrada—. Si lo hubiera sabido, jamás…

— Ese es exactamente el problema, Natalia —la interrumpió Mateo con desprecio—. Si hubieras sabido que era mi madre, la habrías tratado bien. Pero como pensaste que era “solo una sirvienta”, te sentiste con el derecho de humillarla y pisotearla. Tu respeto depende del dinero o del estatus de la gente. Y yo no me voy a casar con un monstruo así.

Sin decir una palabra más, Mateo tomó del brazo a su madre y caminó hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo por última vez.

— Quédate con el vestido, Natalia. Al menos te servirá para recordar el día en que tu arrogancia te dejó completamente sola.

La puerta se cerró con un golpe seco. Natalia se quedó de pie en el centro de la lujosa suite, rodeada de espejos que reflejaban su costoso vestido de diseñador. Un vestido impecable, blanco y hermoso, pero que ahora no valía absolutamente nada.

Afuera, la música de los violines seguía sonando, ajena a la pesadilla que acababa de comenzar.

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