Terremoto en Bruselas: un eurodiputado pide reabrir los gasoductos rusos y abolir el Pacto Verde para “salvar la economía europea”
El salón de sesiones del Parlamento Europeo se paralizó ayer cuando el eurodiputado italiano Roberto Vannacci, conocido por sus posturas ultraconservadoras, pronunció un discurso que muchos calificaron como “un seísmo político”.
En una intervención de veinte minutos que violó abiertamente los consensos tácitos de la Cámara, Vannacci exigió formalmente la reapertura de los gasoductos rusos hacia Europa y la “abolición total” del Pacto Verde Europeo.
“Las fábricas cierran en masa, la industria colapsa y la clase media es aplastada por el peso de unas sanciones que no dañan a Rusia, sino a nuestros propios pueblos”, declaró el parlamentario, golpeando el atril con un puño cerrado.
El discurso, emitido en directo por todas las televisiones parlamentarias, desató una oleada de reacciones inmediatas. Varios eurodiputados abandonaron el hemiciclo en señal de protesta, mientras otros vitoreaban a Vannacci desde los escaños más nacionalistas.
Vannacci no se detuvo allí. Calificó el Pacto Verde de “ilusión ambiental” y lo señaló como “el verdadero responsable de la crisis económica que asfixia a Europa”.
“Nos han vendido un paraíso verde mientras nos conducen directamente al infierno industrial. Las políticas climáticas de esta Comisión son un suicidio colectivo”, sentenció, mirando fijamente a los escaños ocupados por los funcionarios de la Comisión Europea presentes en la galería.
El momento más explosivo llegó cuando el eurodiputado pronunció la frase que ya circula como titular en toda Europa: “¡Basta ya de hipocresía! Los burócratas de Bruselas no entienden el interés fundamental de nuestros pueblos. Es hora de rebelarse contra esta dictadura tecnocrática”.
La petición oficial de Vannacci, presentada por escrito ante la Mesa del Parlamento, solicita la inmediata renegociación de las sanciones contra Rusia y la “suspensión indefinida” de todas las directivas vinculadas al Pacto Verde, incluyendo la restricción de emisiones para la industria automotriz y los objetivos de energías renovables.
En concreto, el documento menciona la reapertura de los gasoductos Nord Stream 1 y 2, así como el corredor de gas a través de Ucrania, cerrado oficialmente desde 2024 tras la escalada de la guerra.
El presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, respondió desde su cuenta oficial con inusual dureza: “Las propuestas de Vannacci no son solo irresponsables. Son una traición a la seguridad energética de Europa y a nuestros compromisos climáticos”.
Pero la reacción más preocupante para Bruselas llegó desde los gobiernos nacionales. El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, tuiteó: “Vannacci ha dicho en voz alta lo que media Europa susurra en privado. Las sanciones han fracasado”.
Incluso dentro de Italia, el gobierno de Giorgia Meloni se vio obligado a emitir un comunicado ambiguo: “Respetamos la libertad de expresión parlamentaria, pero Italia mantiene sus compromisos con la OTAN y la UE”. Fuentes cercanas al ejecutivo admitieron que la declaración tardó horas en redactarse por las divisiones internas.
Los mercados financieros reaccionaron de inmediato. El precio del gas natural en el mercado holandés TTF cayó un 9% después del discurso, ante el temor —o la esperanza— de un posible giro en la política energética europea.
Sin embargo, las acciones de empresas energéticas europeas con exposición a renovables se desplomaron hasta un 12%, mientras que las petroleras tradicionales subieron más de un 5%. La volatilidad fue tal que la Bolsa de Fráncfort suspendió temporalmente la cotización de varios valores.
En las calles de Bruselas, cientos de agricultores y transportistas se concentraron frente al Parlamento Europeo en apoyo a Vannacci, haciendo sonar sus cláxones y portando carteles que decían “¡Abolid el Pacto Verde!” y “Gas ruso sí, hambre no”.
La protesta, organizada en menos de 48 horas a través de redes sociales, reunió a más de 3.000 personas según la policía local. No se registraron incidentes graves, pero la imagen de tractores rodeando la sede comunitaria dio la vuelta al mundo.
La reacción desde Moscú no se hizo esperar. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, declaró: “Europa comienza a despertar. Las palabras del señor Vannacci son un síntoma de que la realidad se impone a la propaganda”.
El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso anunció que estudiaría “con beneplácito” cualquier solicitud oficial europea para reanudar los suministros de gas, aunque advirtió que “las condiciones técnicas y de pago han cambiado irrevocablemente”.
Pero la ofensiva de Vannacci enfrenta obstáculos casi insalvables. Para reabrir los gasoductos rusos sería necesario levantar las sanciones aprobadas por unanimidad del Consejo Europeo, algo que Alemania y Francia descartaron de plano.
El canciller alemán, Olaf Scholz, fue tajante: “Ni un solo paso atrás. Las sanciones contra Rusia se mantienen hasta que Ucrania recupere su integridad territorial. Quien proponga lo contrario, propone la rendición”.
En Francia, el presidente Emmanuel Macron calificó el discurso de Vannacci como “peligroso e irresponsable”, aunque algunos diputados de la oposición de Marine Le Pen aplaudieron abiertamente sus palabras.
Mientras tanto, dentro del Parlamento Europeo, varios grupos políticos presentaron una moción de censura simbólica contra Vannacci, aunque carece de efectos prácticos más allá de la condena moral.
La eurodiputada alemana Terry Reintke, copresidenta del grupo Verde, exigió “la expulsión inmediata de Vannacci de todas las comisiones parlamentarias”. “Este hombre no representa a Europa, representa la quinta columna de Putin”, afirmó.
Pero Vannacci contraatacó con una entrevista concedida al medio húngaro Magyar Nemzet: “Que me llamen agente de Putin no me intimida. Es el recurso fácil de quienes no tienen argumentos económicos. Yo defiendo a los trabajadores italianos, polacos y alemanes que se quedan sin empleo por las políticas verdes”.
El fenómeno Vannacci ha expuesto una fractura profunda dentro de la Unión Europea: la creciente tensión entre la ortodoxia climática y la supervivencia industrial inmediata.
Según datos de Eurostat publicados la semana pasada, la producción industrial de la eurozona ha caído un 7,2% en los últimos doce meses, con Alemania a la cabeza del desplome (-11,4%). El desempleo juvenil en Italia supera ya el 28%.
“Hay una desconexión total entre Bruselas y la realidad social”, explicó a este diario el economista Lorenzo Bini Smaghi, exmiembro del consejo del Banco Central Europeo. “Las familias no entienden por qué deben pagar facturas de gas tres veces más caras mientras la industria local se desmorona. Ese enfado, Vannacci lo está canalizando con éxito”.
Las próximas semanas serán decisivas. La Comisión Europea tiene previsto presentar el 15 de junio su “Revisión de Emergencia del Pacto Verde”, un documento que, según filtraciones, podría incluir ciertas flexibilizaciones temporales para sectores estratégicos.
Pero para los seguidores de Vannacci, eso no es suficiente. “No queremos parches, queremos una abolición total”, gritaba uno de los agricultores concentrados frente al Parlamento, mientras la noche caía sobre Bruselas.
El terremoto político apenas comienza. Y lo que antes era impensable —reabrir los gasoductos con Rusia y tirar por la borda décadas de política ambiental europea— ya no se descarta en voz baja. Se grita, se tuitea y se lleva al hemiciclo.
Europa, una vez más, se debate entre sus principios y su supervivencia inmediata. Y Vannacci, como un ariete, ha golpeado justo en la grieta.