En una histórica alocución en el Congreso, el Pontífice invoca el legado de la Escuela de Salamanca para advertir contra la “cultura del descarte” y apelar a la protección del no nacido.

En el marco de su trascendental viaje apostólico al Reino de España, el Papa León XIV ha protagonizado una sesión extraordinaria y de hondo calado institucional en el Palacio del Congreso de los Diputados.
Ante una asamblea plenaria que congregó a las más altas magistraturas del Estado —incluyendo al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y a las presidencias del Congreso, el Senado, el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial—, el Obispo de Roma pronunció un discurso de elevada densidad filosófica y jurídica.
Lejos de limitarse a las fórmulas de cortesía protocolaria, el Santo Padre situó en el centro de la sede legislativa una firme defensa de la dignidad humana y los límites morales del poder público.
Tras expresar su gratitud por la recepción en un ámbito tan eminente para la vida democrática, León XIV articuló su intervención en torno a la histórica relación entre la fe y la razón que ha vertebrado la identidad española.
Invocando referentes universales de la cultura como Miguel de Cervantes, Santa Teresa de Ávila y Miguel de Unamuno, el Pontífice recordó que la tradición jurídica hispánica siempre ha concebido al ser humano como una criatura dotada de una dignidad intrínseca, la cual “precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”.

El núcleo doctrinal del discurso papal se cimentó sobre el legado de la Escuela de Salamanca y la figura del teólogo dominico Francisco de Vitoria.
El Santo Padre remarcó cómo, hace ya cinco siglos, aquellos maestros universitarios comprendieron que “la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente”, sentando las bases del derecho internacional y del reconocimiento irreductible de los derechos de cada persona.
Dirigiéndose de manera directa a los legisladores contemporáneos, León XIV advirtió que la legitimidad de una norma no emana exclusivamente de su aprobación formal o de los consensos parlamentarios de cada época.
“Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana.
Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”, aseveró con firmeza desde la tribuna de oradores.

El pasaje de mayor repercusión política de la jornada se produjo cuando el Pontífice abordó las amenazas que se ciernen sobre la convivencia social, haciendo suya la denuncia de su predecesor, el Papa Francisco, contra la denominada “cultura del descarte”.
En clara alusión a las legislaciones sobre la interrupción voluntaria del embarazo y la eutanasia impulsadas por el Ejecutivo actual, León XIV planteó una severa interrogante a la cámara: “¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deje en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”.
Para el Sucesor de Pedro, la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural no debe interpretarse como una postura parcial o un interés meramente confesional, sino como una “meta de civilización”.
En este sentido, sentenció que cuando dicha certeza se oscurece, “los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo”.
Por ello, instó a las autoridades a medir la grandeza moral de la nación en función de su capacidad para acompañar y proteger las vidas que atraviesan una mayor situación de fragilidad.

Más allá del debate bioético, la alocución papal abarcó los grandes desafíos de la modernidad técnica y social.
León XIV abordó el desarrollo de la inteligencia artificial y la biomedicina, recordando que “la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”, exigiendo que las decisiones sobre la vida y la muerte jamás se descarguen sobre automatismos.
Asimismo, calificó el drama migratorio como una cuestión eminentemente moral que exige de la comunidad internacional una respuesta coordinada que ofrezca vías seguras y respete el principio universal de la igual dignidad.
Finalmente, el Pontífice hizo un llamamiento a desarmar el lenguaje en la vida pública y a desterrar la descalificación permanente del adversario político, asegurando que “la firmeza no exige desprecio” y que “la discrepancia no conlleva humillación”.
Al concluir su intervención, que fue recibida con una prolongada ovación por gran parte del hemiciclo, el Santo Padre invocó la protección espiritual de Santiago Apóstol y de la Virgen del Pilar, formulando un voto para que España continúe siendo una tierra de encuentro, solidaridad y audacia ante el porvenir.